El topónimo Navia, que da nombre a
nuestro concejo y a la capital del mismo, es un hidronímico de origen
prerromano, vinculado a una corriente fluvial, el río Navia, que para
nuestros ancestros tendría un indudable carácter sacro.
El poblamiento de nuestras tierras fue temprano, como lo demuestran los
vestigios tumulares de Andés, Anleo, Tox, Sante, VillaInclán, etc, que
se podrían retrotraer hasta los milenios
III-II a.C. Pero no se puede hablar de un poblamiento permanente en
sentido estricto hasta el asentamiento de la cultura
castreña. Sin duda, el río Navia sirvió de limite natural entre
las tribus galaicas (en concreto, la más
oriental de ellas, el pueblo de los albiones) y las astures
(concretamente, los pésicos), sin duda permitiendo contactos y
simibiosis entre ambas culturas hermanas. Las viejas atribuciones románticas
a la capital del concejo Noega (hoy
identificada como la oppida de la Campa Torres gijonesa) o Flavionavia
(inmediaciones de Pravia), están absolutamente descartadas, pero
confirmándose en contrapartida la existencia de un primitivo
asentamiento castreño en la margen derecha del río, cerca de la
desembocadura, pretérito origen de nuestra capital, que coexistiría
armónicamente con otros castros ubicados en Fabal (Andés), Vigo, Piñera,
Frejulfe y Armental. Esta densidad de habitat castreño es indicativa de
un relativo nivel de ocupación del solar del actual concejo naviego,
con una orientación económica pecuaria en general, aunque varios de
ellos estén relacionados con explotaciones mineras inmediatas (Frejulfe,
Vidural, etc.); no en balde es proverbial la riqueza aurífera del río
Navia, que generó núcleos de aprovechamiento a ambos márgenes del río
a lo largo de su trayecto por el occidente astur.
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Tras el progresivo y lento abandono de los castros y aún conviviendo
con ellos, surgen las primeras «villae»,
explotaciones pecuarias que originarán las futuras aldeas y pueblos,
como demuestra un elemental examen de la toponímia del concejo. Hasta
el final del primer milenio, la historia de Navia se oculta tras una
oscura nebulosa de las fuentes, para renacer con las primeras menciones
a presuras (siglos X-XI) de los pequeños monasterios de tipo familiar
de San Antolín de Villanueva,
San
Salvador de Piñera, San Martín de
Siloyo (Cabanella) y Santa Marina de
Vega, alrededor de los cuales surge una corriente de permutas y
donaciones entre la Mitra ovetense y las comunidades monásticas, como
es visible en la diplomática de la época (donaciones de Santa María
de Anleo, San Pedro de Andés, etc.). Es alrededor de estos pequeños núcleos
donde cristalizan las primeras comunidades vecinales, en las que los
estamentos nobiliar y eclesial imponen su autoridad, aunque sin ejercer
aún un efectivo dominio jurisdiccional.
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Hacia el año 1270 y por privilegio del Rey
Alfonso X el Sabio, se funda la Pobla de
Navia. En la Carta-Puebla
fundacional se concedían diversas franquicias a los vecinos, derecho a
un mercado semanal, distribución de las heredades, amurallamiento
de la pobla y una elemental organización administrativa (la
pobla sería regida por dos alcaldes, dos jueces y adquiriría rango
consuetudinario la asamblea vecinal, convocada habitualmente a son de
campana tañida).
El puerto de la nueva pobla, al igual que el de Vega, experimentan un
auge extraordinario mientras por el «camino costero francés» llegan
peregrinos incesantemente, que hallan consuelo a su esfuerzo en el
hospital del Santísimo y La Magdalena (en la que está entronizada la
patrona de la pobla, Ntª Sª de la Barca,
milagrosamente aparecida tras una galerna) o, en caso de enfermedad de
lepra, en la malatería de San Lázaro de
Barayo, activa ya desde el siglo XII (a esta época se vincula la
tradición de la peregrinación de San Francisco y su pernocta en una de
las torres del palacio de Anleo).
Los continuos desmanes y desafueros de los poderosos crean efervescencia
en las clases más humildes de nuestro solar, empobrecidas por la crisis
económica coyuntural, y soliviantadas por la consideración del
territorio como moneda de cambio de los caprichos reales y de las banderías
interesadas de la nobleza. En 1369, Enrique
II donó los señoríos de Navia y Ribadeo a Pierres de Villain
«El Vasco» por determinados servicios, al que sigue una lista de
posesores fugaces (Rui López Dávalos; Pedro de Estúñiga, Suero de
Quiñones, Rodrigo de Villadandro y Diego Gómez de Sarmiento, conde de
Ribadeo, contra el que litigan los vecinos, hartos de ineficacia y
desgobierno). Por fin, el 18 de mayo de 1550,
D. Juan Alonso de Navia, con autorización expresa del Rey
Carlos I y por delegación de los vecinos, compra los dominios
territoriales y jurisdiccionales al conde de Ribadeo por ocho mil
doscientos diecisiete ducados y cuatro reales, reservándose para él
los cotos de Anleo y Omedo. Pero ello no condujo a la ansiada libertad
señorial, ya que sólo ocho vecinos consiguieron su derecho
jurisdiccional y el resto lo vendieron, por presiones de los poderosos,
hasta que en 1608, la Real Cancillería
de Valladolid anula las ventas y declara la tierra de Navia como
dominio jurisdiccional de la Corona.
En el siglo XVI continúan las duras
condiciones de vida de los pobladores, debido a hambrunas, pestes, levas
forzosas para las continuas guerras y el peligro de invasiones de
franceses e ingleses. El 4 de abril de 1586
llega el alférez Alonso Caxero, que reconoce la costa y ordena a
Pedro Niebla levantar baluartes defensivos en Vigo (sobre el
antiguo castro) y en las bocanas del puerto de Vega, datando de esta época
el amurallamiento cíclico de la villa.
En coincidencia cronológica, el puerto de Vega experimenta un gran auge
pesquero, vinculado a la caza de ballenas, por contratos de arriendo de
la costa que suscribe la Casa de Navia
con capitanes vascos y algunos locales, considerándose como primero el
del vizcaíno Juanes de Segurola (1608),
que arrienda la atalaya sobre la que tres años antes se erigió la
blanca capilla de Nuestra Señora de la
Atalaya.
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Desde el siglo XVIII se asiste a un
espectacular relanzamiento económico, tal como se deduce del Catastro
del Ministro Ensenada. El punto de inflexión llega con la invasión
francesa de 1808, a la que responde
el patriotismo español, encabezado por el heroico gesto de nuestro
paisano Juan Pérez Villamil, redactor del Bando
de Móstoles que une a los españoles en la lucha por su libertad.
El concejo contribuye con el Regimiento
Navia, creado en junio de 1808, y
sufre la dureza de la guerra un año después, cuando Ney invade
el territorio dee Luarca, que defiende con bravura el señor del palacio
de Andés, Francisco de Sierra y Llano y aún al año siguiente,
cuando el incapaz Albergotti lo abandona a su suerte. Coetáneamente,
el mejor de los asturianos, D. Gaspar Melchor de Jovellanos,
herido por el dolor y el odio de la guerra, expira en Puerto
de Vega el 28 de noviembre de 1811.
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La recuperación del concejo es lenta, pero no exenta de dinamismo. En
la segunda mitad del siglo XIX, se
asiste a un extraordinario desarrollo de la industria, de la pesquería
y un gran impulso urbanístico (la vieja muralla que encorsetaba
la villa medieval es derribada para facilitar su ensanche). En
contrapartida, el concejo se fragmenta, segregándose La
Montaña en 1815 y Villayón
en 1869. El final de siglo y los albores
del actual conocen un nuevo impulso, actuando de motor los capitales de
nuestros emigrantes a América, que
ayudan a los de aquende los mares a adquirir en propiedad las tierras
aforadas, les dotan de escuelas y caminos, construyen elegantes
edificios, etc.
El momento actual es de desarrollo optimista, gracias al esfuerzo
industrializador de la última treintena, destacando por derecho propio,
CEASA, Reny-Picot,
Astilleros Armón y algunas otras
empresas.
La vida del campesino mejora sustancialmente, gracias al auge de la cabaña
ganadera y el sector pesquero conoce actualmente un esplendor
destacable.
Y así, Navia se ha convertido en la
capital
del Occidente, no sólo por su ubicación geográfica, sino por la
excelente calidad de sus servicios y la reconocida hospitalidad de sus
gentes.
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